
"Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte,
sin remordimiento, ni tristeza ni preocupación.
Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo,
y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso.
Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra.
Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el poder
que les corresponde. De otro modo serán, mientras vivas,
los actos de un hombre tímido."

Hasta hace algunos años seguía enarbolando la bandera de la justicia. Era una de las banderas que me habían enseñado a tomar siempre, no importa que, desde chiquita. Y si la "injusticia" en cuestión se refería a mi, mucho más aún alzaba la bandera, embestía al perpetrador y me enfrascaba en una batalla campal para corregirla.
Lo peor del caso es que siempre tuve mucha suerte, o mucha energía. Y generalmente ganaba mis batallas (uno aprende más cuando las pierde). Vivía convencida de que ir tras la justicia era uno de los más nobles rasgos de mi carácter y que no dejarme de nada y de nadie era señal de mi fuerza.
Ahí fue cuando, hace unos años, uno de mis mejores amigos se tornó en enemigo. Se trataba de mi jefe, y la lucha comenzó cuando empecé a obsesionarme conque yo era muchísimo mejor gerente que él. Siendo la segunda de a bordo muchas veces me tocaba hacer su trabajo cuando no estaba (y gran cantidad de ellas también cuando estaba). En fin, que muchas veces le tapaba los errores, le arreglaba los papeleos que a él no le salían bien, y estaba convencida de que yo era muchísimo mejor líder que él, y que el equipo de gente que trabaja con nosotros respondía muchísimo mejor a mí que a él.
Tal vez todo eso fuera verdad (Ja! es tan relativo aquello de "la verdad"), pero poco podía yo darme cuenta que detras de todos esos ires y venires del trabajo mi ego crecía y crecía, y mi arrogancia y soberbia con él. (Por cierto, trabajo en las comunicaciones, una industria en la que de por sí nuestros egos se sienten satisfechamente engordados... jejeje).
A todo esto, poca gente reconocía mi trabajo apoyando a mi jefe (o así me lo parecía a mi), y de algún lado, mi mente comenzó a tachar todo el asunto de injusticia. Y a mi me habían enseñado que no hay que tolerar las "injusticias".
Toda mi vida crecí con un "cuento de poder" de mi madre. Cuando ella era muy chiquita, para ser más precisos el día en que comenzaba el primer grado de la escuela, un autobus la vino a buscar. Mi madre ntusiasmada se sentó en la ventanilla hasta que subió un matoncito de sexto y le dijo: Nena dejame la
ventanilla. Mi madre, tozuda como yo (será cuestión de herencia?) le dijo que NO.
Que ella se había sentado alli primero. Entonces el tiranito se sentó a su lado, y procedió a apretarla contra la ventanilla durante todo el camino. A mi madre le dolían los apretones, pero sin embargo decidió no dejarse y mantuvo su sitial hasta que llegaron al colegio, a pesar de sufrir y sufrir. Y se bajó muy orgullosa de no haberle permitido al bully que se saliera con la suya.
Decía que toda mi vida crecí con esa imagen, y el refuerzo de que ESA era la manera de comportarse. No había que dejarse. Había que librar todas las batallas a muerte, si fuera necesario, pero NUNCA ceder ante el enemigo. Ese patrón de comportamiento, no sólo me parecía lo más normal, sino que estaba profundamente orgullosa de él.
Y por lo tanto eso hice con mi tiranito. Pelearla. Y pelearla y pelearla y pelearla hasta que casi me mata. Durante más de un año mi hermoso tirano y yo nos trenzamos en una batallla campal. De ser los mejores amigos pasamos a ser enemigos acérrimos. Cada uno quería destruir al otro. O a lo mejor la única que realmente quería destruirlo era yo, difícil saber sin tener su versión aqui...
Estuve casi a punto de lograrlo sin percatarme de que cuanto más lo atacaba a él, más me destruia a mi misma. No había dia ya en el que no llorara por la injusticia de la cuestión. Pasé de ser una mujer con una gran autoestima a una pobrecilla lamentándose de su suerte y de lo mal que me trataba el mundo que no se daba cuenta de mi lucha.
Ir a trabajar (que siempre fue una de las pasiones de mi vida) se me hacía cuesta arriba todos los días. Ya no le encontraba gusto a mi trabajo. Perdí a mi tiranito como amigo y ya no nos hablabamos; la gente a nuestro alrededor pisaba sobre huevos para ver a quien de los dos le hablaba, la situación era cada vez más tensa y hablar de la "gran injusticia" en mi contra se había convertido en mi tema favorito. La mujer fuerte y con gran sentido del humor se había transformado en lo que siempre había despreciado: una piltrafa incapaz de actuar.
Pinche tirano, diran algunos. Pero realmente le agradezco en el fondo de mi corazón a mi amigo, que durante un tiempo se convirtió en mi tirano. Cómo pagárselo? Les cuento por qué.
Un buen día, conversando con una amiga acerca de una fiesta próxima, yo le contaba que no sabía qué hacer. Nos habian invitado a mi tiranito y a mi como maestros de ceremonia: apareceríamos en el mismo escenario, uno al lado del otro. Y mi amiga (ah que sabio es el poder) de repente bromea conmigo y me dice: imagínate si le plantas un beso en medio del escenario!
Algo hizo clic en ese momento. Mi percepción cambió. Logré zafarme de esa espiral descendente que me arrastraba a una batalla que no quería. Y me di cuenta que todos los ires y venires del ultimo tiempo no habían sido más que un gasto innecesario de energía.
Ahí andaba yo, no que muy guerrera?, desperdiciando mi energía en tonterías. Dejándome atrapar en una percepción y en rutinas que no aportaban absolutamente nada a mi vida. Ahí cambió la cosa.
Ya no me importa si soy mejor, peor o igual que mi jefe. Cada quien lo suyo. Ya no me interesa demostrarle nada a nadie. De un golpe mi tirano me ayudó a verme a mi misma y a desarticular rutinas heredadas casi casi desde que nací.
Logré quitar de mi mente la necesidad de ser la mejor en todo, y logré mirar con otros ojos la anécdota de mi mamá y su tiranito del autobus. Pensar por ejemplo: y por qué fue apretada todo el viaje contra la ventanilla? Tan fácil que hubiera sido dejarle el asiento....
Por primera vez fui libre de la bandera de la justicia. Y aprendí que un guerrero ELIGE sus batallas. No anda por ahi levantantando y enarbolando cuanta bandera encuentra en su camino. Que las rutinas de nuestra personalidad de las que estamos orgullosos, pueden ser tambien trampas del ego.
Todo eso y más se lo agradezco a mi tirano.
Cómo terminó la cosa? Bien, muy bien. Al día siguiente de mi conversación con mi amiga llegué al trabajo, le plante un gran beso a mi tirano y me senté a conversar con él como si fuera mi mejor amigo. De un plumazo se borraron ese año y medio de penurias. Y él, muy a la altura, hizo lo mismo.
Ahora mi tirano y yo somos grandes amigos.
D.